viernes, 4 de junio de 2010

Una sonrisa extraña

Había llovido, eso era evidente, pero aun así Lucía se extrañó de notar los pies tan fríos. No era habitual en ella, siempre iba corriendo de un lado para otro y nunca, nunca, había tenido los pies fríos. Pero claro, tampoco era habitual estar descalza en medio de la acera.
Aquella mañana no era una mañana cualquiera, lo había sabido en el mismo momento que abrió los ojos. Notó que algo no iba bien, había alguien acostado a su lado y no era precisamente un ligue de una noche.
Se levantó y salió corriendo, dejando a la desconocida sola en su casa. La noche anterior no había salido así que no era posible que la hubiera conocido en un bar y no se acordara de ella.
Dio una vuelta a la manzana mientras pensaba si volver a su casa o llamar a la policía. Era absurdo, debía conocerla, si tuviera malas intenciones no estaría durmiendo a su lado, ya le hubiera desvalijado la casa.
Decidió volver. Abrió la puerta con cuidado, pero la chica ya no estaba allí. Se sintió preocupadamente aliviada de no encontrarla, y eso le hizo sentirse mal. Era una situación muy extraña. Oyó ruido en la cocina, no se lo podía creer, aquella mujer, realmente joven y con un semblante particularmente familiar estaba preparando el desayuno.
Le saludó con una alegre sonrisa y le dio un beso en la cara. Lucía se quedo paralizada. ¿Qué clase de relación tenían? ¿Por qué no se acordaba de ella?
La extraña le hizo sentarse pero ella no probó bocado. Le miró preocupada y le preguntó: ¿Estás bien mamá?

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